LA PROSA DEL ESCALOFRÍO (Viaje tras la muerte de Linda)

Atlanta, EEUU, 3 de Agosto de 2005 (...)

Desde la ventana he visto a La Tierra moviéndose en línea recta hacia la derecha. He imaginado cómo el aire moriría en un grito. Al final todo sería silencio. (Quizás entonces allí esté ella).

Un océano de la nada nos invadía. Qué pena que por pantalla hubiese una ventana tan pequeña y de tan mala calidad visual, además de no estar del todo sola.

Abajo los endiablados seres blancos mostraban sus puños; estáticos... parecían estar molestos por tener su parte superior expuesta. El mismo sol les hizo la sombra, evidenciando la solidez de su composición magnánime y magnífica.

Alguien se quedó mirando con los brazos extendidos, yerto y de miserable sonrisa, se burlaba de nuestra insectiva fuga. Más alejada, la mujer de la pierna cruzada fumaba su grumosa droga... El humo traspasó el plástico de las pantallas y descubrí dos coloridos arcos que dejaron de existir al instante.

Sobre aquel océano de la nada, se elevaron aún más gruesos y estáticos los entes de puño en alto con los rizos contrastados por el sol. Pudo vérseles trabajar en sí mismos, ocupados en parecer divinos. No todos han vivido el fruncimiento de sus extremidades nulas; algunos se arrecostaron, disolubles, en apariencia inamovibles con gestos de evacuación o rebalso... sobre aquel océano de la nada blanca.

Han apagado las luces. Estoy empezando a elevarme nuevamente. Algo se vuelve trágico en todo esto, y es que no puedo quedarme aquí... Quiero decir: aquí arriba, en el finito mar de la nada oscura.

Atrás se queda la noche, abajo. Mares de nubes con individuos sobresalientes rascando el amanecer. Sus olas estáticas me peinan el cuerpo y con suerte me rasgan el alma para no dejarme caer al inmenso mar de la nada blanca. Sigue siendo de noche allá abajo y estando sobre el borde del cielo, de mil celestes me sostengo con el inmenso mar de la nada arborizada. Algo intentan decirme: esta vez separadas estratégicamente quietas enmudecidas transmiten mensajes simbólicos que percibo pero aún no comprendo. Comienzan a esparcirse insistentes dejando al vacío visible y desnudo, hacia el inmenso mar de la nada profunda.

He llegado a La Paz, ciudad de El Salvador. Un 12 de Agosto de 2005. Habré vuelto, sin sentido alguno, pues ella ha muerto. Ya nada me detiene. Podría partir mil veces. Espero volver a irme adonde sea y no permanecer en ninguna parte. No volvería a desear la farsante idea de lo eterno.

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