BIOGRAFÍAS FÚNEBRES



Uno de los paseos más interesantes que solo existen en mi imaginación, es el de ir por los cementerios imaginando las historias fúnebres de los que allí se deshacen.
Desde muy pequeña, cada noviembre, acompañé a mi abuelita Clarita a enflorar para el día de muertos. A la entrada, me compraba una empiñada gigante de color rosa y a la salida, chilate con nuégados en alguna cafetería de por allí cerca. Nadie más en la familia iba con nosotros, nadie quiso saber más de muertos. Mi madre decía “allí no hay nadie”.
En caja 5 de nichos # 41 del cementerio de La Vermeja* de San Salvador, se encuentran los restos de 3 personas, cuyo nexo es mi abuelita, Clarita Rivas Cruz, viuda de Díaz y ahora, viuda de Greaves.
Por orden de fallecimiento, o bien, de aparecimiento en dicho nicho, ellos son Francisa Cruz, Aisa Díaz y Fred Greaves.
En el año 1,963 falleció Francisca Cruz, o mejor conocida como “Niña Paquita”, una muy mística mujer, con mágicas historias. Madre de Clarita, es mi bisabuela. El día de su muerte, mi mamá contaba con 9 años de vida, y gracias a sus relatos, los de mi tía abuela y los de mi abuelita Clarita, se puede uno imaginar cómo habría sido Francisca. Mujer autosuficiente, huérfana de padre, se liberaba a los 4 años de los abusos de su madre, luego de un accidente durante su segundo embarazo.



Paquita no creció mucho de cuerpo. Sus cabellos negros alborotados y ojos rasgados delataban la mixtura de razas, por la que su agresora madre protestaba, pues, según cuentan, ella también había escapado de su viuda progenitora, unos 15 años antes de que Francisca naciera, escondida en un camión a la suerte. La razón por la que mi tatarabuela (Eloísa) protestaba por su color era que gracias a eso, su madre la había maltratado, razón de suficiente peso que “le daba el poder para hacer lo mismo con su hija”. Y el origen del color provenía de un marido no elegido. Su mamá, bisabuela de mi bisabuela, también viuda, originaria de España, había llegado a Morazán, El Salvador, sola con sus dos bonitas hijas, y en agradecimiento por la acogida del pueblo aborigen y campesino, se le ocurrió ideal entregar a su hija como pago. Extrañas costumbres del patriarcado que engendraron odio heredado en forma de malos tratos o abandono por algunas generaciones. Del por qué todos los maridos mueren, no me pregunten, esa parte del relato está inconclusa, pero me gusta fantasear sobre ellas.

La Niña Paquita era pues, muy querida por la gente, en especial por muchas mujeres que se dedicaron a la costura en su taller, que sola y con esfuerzo montaría en el centro de San Salvador, allá por Santanita. Tuvo dos maridos y enviudó del primero, por lo que se vio obligada a dar a su primera hija en manos de su pudiente vecina, quien se la devolvió 15 años más tarde, cuando nacía Clarita y Paquita ya había aprendido el oficio de sastre. Las muchachas del taller, también desamparadas, recibieron de ella siempre cariño, cama y comida. Mi abuelita cuenta que no cesaba de trabajar cuando habían encargos importantes, como vestidos de novias o la ropa de alguien fallecido. Sin importar la hora, ella mandaba a dormir a las ayudantes y se quedaba sola trabajando. Cuando era tanto el cansancio, descansaba en un sofá duro de madera. Mi mamá cree que padecía de dolores en el cuerpo, pues andaba regalando masajes sin que se los pidieran.


Es de conocimiento de todos sus allegados que un día cayó en cama la incansable Niña Paquita, y no pudo levantarse más. Desconocían el origen de su mal, pero ella sabía que era el momento de irse. Llamó a cada uno de sus familiares para despedirse, y pedirles que no la enterraran en un ataúd oscuro, porque sino, los iba a asustar (difícil petición para la época, pues no existían ataúdes color pastel). Pidió que su ataúd fuera color MELOCOTÓN. No otro. Mientras tanto, sus dos hijas, afligidas por la despedida, sumaban a su pesar, la imposible petición de su madre. Pero Francisca, que ya imaginaba lo difícil que sería encontrar un ataúd de ese color, les dijo que no se preocuparan, pues ella ya lo había encargado en una funeraria del centro de San Salvador, indicándoles el nombre del local. Atónitos, por el estado de salud de su madre y su incapacidad, pensaron que ésta deliraba. Finalmente, Francisca falleció. Todos sus seres queridos iniciaron la incansable búsqueda del ataúd melocotón, pero ninguna funeraria podía hacerlo y menos con urgencia.
Después del largo recorrido a pie, encontaron la funeraria que Paquita mencionaba, el mismo nombre. Entraron, preguntaron si podían elaborar un ataúd color melocotón. El dueño de la funeraria dijo que de hecho tenía uno elaborado por encargo personal de una señora mayor de bajita estatura, hacía un par de días antes y quien dijo que lo quería para ella misma, pues estaba por morir pero le temía a los colores oscuros. Estaba cubierto por una franela roja, detrás de una cortina, oculto del resto, en una habitación aparte. Dicen que estaba hecho a la medida.
El segundo en llegar a éste nicho es Aísa Díaz. Su nombre proviene del idioma árabe, y en un intento de traducción, le quedó Aísa, que viene siendo “Jesús” y “Díaz” que en realidad era Yuha. El padre de Aisa era Hanna Yuha e hizo cambiar su apellido, debido a la paranoia que traía cuando huyó de Belén, no sé por qué razón. Se dice que eligieron Díaz porque Yuha o Ich-ja (según la fonética de la región) significaba algo “luminoso.”

Amante de los animales, siempre recibió en su casa a cada chucho aguacatero. Callado, un poco amargado, no contaba nada de Vietnam, solo que el tatuaje borroso en su brazo tenía escrito su nombre por si aparecía desfigurado, para facilitar la identificación. También decía que su pierna era como la de Robocop, reconstruida con titanio por dentro, y gracias a que se le hizo polvo el hueso, lo sacaron de la milicia. Dejó el alcohol pero nunca el cigarro. Y como era necio, no quiso recibir la ayuda que Estados Unidos le ofrecía, quedándose en el micro-país, extinguiéndose lentamente con el humo, mirando películas de guerra y tomando café sin parar (la cafetería cerró pero se quedó con una de las cafeteras de dos litros al lado del sillón plegable).
Me gustaría visitar los cementerios y que hubiese por cada tumba la historia de los que allí yacen. Me sentaría horas con café, pan dulce, empiñadas y nuégados. Iría también con mi grupo de gente imaginaria, a leer en voz alta de vez en cuando cada biografía fúnebre.

Amante de los animales, Francisca protestaba por el asesinato de sus gallinas, y durante la hora de la sopa, exclamaba, sollozante entre llantos: “-Nada les había hecho la animalita... ¿qué necesidad…?”, decía, sentada en la cabecera del comedor, sin probar ni comer nada.



Aísa fue el primer esposo de mi abuelita Clarita. (Bonita combinación de Clarita Luz con "algo luminoso"). Aísa Falleció en 1954, 4 meses antes del nacimiento de mi madre, a la edad de 33 años. él había sido el mayor de los varones de Hanna, pero no el primogénito. Se le adelantó Lidia, y después aparecieron: Khalil, Niyme, Juan, Raoúl y Jalil.



Dicen que Aisa era sonámbulo, hablaba dormido y que sufría de pesadillas con el mismísimo diablo, pero él luchaba con todas sus fuerzas y lo lograba vencer, asfixiándolo; aunque por error a veces despertara estrangulando a mi abuela, quien siempre lo perdonaba con su amor incondicional. Era alto, guapo, elocuente, chistoso, de piel blanca y pelo negro duro y le gustaba tomar. Un día, el invencible Aísa le dijo a mi abuelita que volvería para el almuerzo. Ella dice que sintió que era la última vez que lo iba a ver, y lo dejó ir en su camioneta. El almuerzo no se preparó, pues un par de horas después, el mejor amigo de Aísa, (y quien está enterrado a la derecha de este nicho, “bajo la cruz de apellido Beltrán”)** le avisaba a mi abuelita que Aísa chocó contra un árbol, y que como él no sabía por qué estaba con la mirada fija y la boca abierta, le dijo “-vamos, culero, bajate, que no pasó nada” y lo jaló del brazo, sacándolo de la camioneta. Aisa se quedó parado, lo miró dos segundos, vomitó sangre y se desplomó. Entonces su amigo entendió que al parecer, el volante de la camioneta se le había incrustado en el abdómen y que al forzarlo, su machote amigo, murió por vaciamiento. Dicen que se quedó penando varios años y que su única hija a veces lo veía, aún sin haberlo conocido.






Y el tercero y último en ser recibido por este destruido nicho es Frederick Joseph Greaves, o mejor conocido entre mi familia como “Papito Fred”. Nació en Maine, al norte de Estados Unidos. Granjero, cultivaba la papa cuando niño, y en en su estadía por las calles de Miami, como alcohólico vagabundo y veterano de guerra, conoció a mi abuelita Clarita, quien estaba trabajando como mucama en un hotel de esa ciudad, asistiendo también a una mujer mayor abandonada con cáncer de útero. Mi abuelita tenía unos 10 años de haber enviudado, y como toda mujer correcta, pensó que no podía traicionar la memoria de su difunto esposo. Volvió a El Salvador, pero el Papito Fred, solitario, vencido por la depresión y los recuerdos de la guerra de Vietnam a la que tuvo que servir, sin quererlo, sintió que mi abuelita era su salvación, e insistió en encontrarse con ella y formalizar su relación. Es así como “el gringo” llegó a El Salvador, cuando mi mami tenía 16 años. Pusieron una cafetería en el centro, de esas largas y profundas, con mesas y cafeteras que pasaban dando vida todo el día, con rico pan dulce: viejitas, peperechas, quesadillas, budín, pan de afrecho, etc. Preparaban desayunos de frijolitos fritos y platanitos.

En su último día de vida, le pidió ayuda a la vecina de enfrente, quien muy amablemente le vendía sus cigarros, pero ella le dijo que no, porque estaba ocupada. Murió en su cama.

En este cementerio se recordará siempre el funeral del papito, por ser el primer y único gringo en un humilde nicho como este. Estados Unidos no se hace cargo por los veteranos que emigran, pero sí le prestaron una banderita en el funeral, para tapar la horrenda caja de pino en que lo enterramos y sacar fotos. Después, se la llevaron.



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