CIUDAD VIEJA DE MONTEVIDEO

Las calles eran tan empinadas

que todos nos dejábamos deslizar por allí

rodando

A veces lográbamos detenernos en algún pilar inflado

con números romanos infinitos

y tallados apeteciblemente en caramelo de leche,

chocolate con fresa y vainilla

con turrones arriba que sostenían los balcones redondos

donde la gente sale a tender todo tipo de ropa y hasta colchones.


Cheeeeeeeeeeeee, llevame a la rambla,

que quiero ver las nubes

antes de que se terminen de deshacer por el viento”


Y aunque veníamos del otro lado

flotando

yo miraba el horizonte y parecía oceánico

También aparecían barcos entre la niebla

bailando tango, hablando de otro modo

y qué lástima que tuvimos que volver...

Es así cuando uno es turista

en países tan pequeños que parecen infinitos.

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Poesía ganadora de Mención de Honor en Certamen Internac. del Instituto Latinoamericano de Cultura, Junín, Argentina.

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