CRISTALES NEGROS

Qué placer los cristales:
universos paralelos sinfin
oscuridad del crudo silencio
espeso y desconocido mar
que manda las olas sin aviso
sutiles
profundas
foráneas
gotas
requetedondas
de párpados rectos
ordenan la hora en que levita
LEO:
las pestañas que nublan la esfera
y otra vez leo...
que los soles fulguran
como astros desparramados
saliéndose por los poros
a más...
a toda hora.

ELLOS ME MIRAN

Me gustan tus ojos porque son grandes.
En realidad difíciles
como un epíteto de lo divino
no de tus ojos
sino del mirarlos
y de pertenecer a vos.

UNO

Tu voz y tus gemidos han hecho eco
adentro del vientre sacudido de la mujer enferma
la sangre
y en su onda
serpentina
de la tierra se levanta quejumbrosa
“ay... ihh”
de vos asida
péndulo de rondas ganas
cabellos que le tejen
lugar hasta mañana.

DEMENCIA SENIL

No hay sentido alguno en escribir o fotografiar 
Lo efímero 
Un click a la basura y listo: 
la mano que lo rompe, 
lo rompe todo porque no quiere saberse 
incapaz de reparar lo más dolido. 

Se va y se lo lleva en la memoria perdida, 
el repetido intento de borrar lo que aborrece. 
No va a ningún lado 
la carta 

No se queda 
la foto de su origen 
la suya 
la nuestra 
Ninguna.

LA PROSA DEL ESCALOFRÍO (Viaje tras la muerte de Linda)

Atlanta, EEUU, 3 de Agosto de 2005 (...)

Desde la ventana he visto a La Tierra moviéndose en línea recta hacia la derecha. He imaginado cómo el aire moriría en un grito. Al final todo sería silencio. (Quizás entonces allí esté ella).

Un océano de la nada nos invadía. Qué pena que por pantalla hubiese una ventana tan pequeña y de tan mala calidad visual, además de no estar del todo sola.

Abajo los endiablados seres blancos mostraban sus puños; estáticos... parecían estar molestos por tener su parte superior expuesta. El mismo sol les hizo la sombra, evidenciando la solidez de su composición magnánime y magnífica.

Alguien se quedó mirando con los brazos extendidos, yerto y de miserable sonrisa, se burlaba de nuestra insectiva fuga. Más alejada, la mujer de la pierna cruzada fumaba su grumosa droga... El humo traspasó el plástico de las pantallas y descubrí dos coloridos arcos que dejaron de existir al instante.

Sobre aquel océano de la nada, se elevaron aún más gruesos y estáticos los entes de puño en alto con los rizos contrastados por el sol. Pudo vérseles trabajar en sí mismos, ocupados en parecer divinos. No todos han vivido el fruncimiento de sus extremidades nulas; algunos se arrecostaron, disolubles, en apariencia inamovibles con gestos de evacuación o rebalso... sobre aquel océano de la nada blanca.

Han apagado las luces. Estoy empezando a elevarme nuevamente. Algo se vuelve trágico en todo esto, y es que no puedo quedarme aquí... Quiero decir: aquí arriba, en el finito mar de la nada oscura.

Atrás se queda la noche, abajo. Mares de nubes con individuos sobresalientes rascando el amanecer. Sus olas estáticas me peinan el cuerpo y con suerte me rasgan el alma para no dejarme caer al inmenso mar de la nada blanca. Sigue siendo de noche allá abajo y estando sobre el borde del cielo, de mil celestes me sostengo con el inmenso mar de la nada arborizada. Algo intentan decirme: esta vez separadas estratégicamente quietas enmudecidas transmiten mensajes simbólicos que percibo pero aún no comprendo. Comienzan a esparcirse insistentes dejando al vacío visible y desnudo, hacia el inmenso mar de la nada profunda.

He llegado a La Paz, ciudad de El Salvador. Un 12 de Agosto de 2005. Habré vuelto, sin sentido alguno, pues ella ha muerto. Ya nada me detiene. Podría partir mil veces. Espero volver a irme adonde sea y no permanecer en ninguna parte. No volvería a desear la farsante idea de lo eterno.

BIOGRAFÍAS FÚNEBRES



Uno de los paseos más interesantes que solo existen en mi imaginación, es el de ir por los cementerios imaginando las historias fúnebres de los que allí se deshacen.
Desde muy pequeña, cada noviembre, acompañé a mi abuelita Clarita a enflorar para el día de muertos. A la entrada, me compraba una empiñada gigante de color rosa y a la salida, chilate con nuégados en alguna cafetería de por allí cerca. Nadie más en la familia iba con nosotros, nadie quiso saber más de muertos. Mi madre decía “allí no hay nadie”.
En caja 5 de nichos # 41 del cementerio de La Vermeja* de San Salvador, se encuentran los restos de 3 personas, cuyo nexo es mi abuelita, Clarita Rivas Cruz, viuda de Díaz y ahora, viuda de Greaves.
Por orden de fallecimiento, o bien, de aparecimiento en dicho nicho, ellos son Francisa Cruz, Aisa Díaz y Fred Greaves.
En el año 1,963 falleció Francisca Cruz, o mejor conocida como “Niña Paquita”, una muy mística mujer, con mágicas historias. Madre de Clarita, es mi bisabuela. El día de su muerte, mi mamá contaba con 9 años de vida, y gracias a sus relatos, los de mi tía abuela y los de mi abuelita Clarita, se puede uno imaginar cómo habría sido Francisca. Mujer autosuficiente, huérfana de padre, se liberaba a los 4 años de los abusos de su madre, luego de un accidente durante su segundo embarazo.



Paquita no creció mucho de cuerpo. Sus cabellos negros alborotados y ojos rasgados delataban la mixtura de razas, por la que su agresora madre protestaba, pues, según cuentan, ella también había escapado de su viuda progenitora, unos 15 años antes de que Francisca naciera, escondida en un camión a la suerte. La razón por la que mi tatarabuela (Eloísa) protestaba por su color era que gracias a eso, su madre la había maltratado, razón de suficiente peso que “le daba el poder para hacer lo mismo con su hija”. Y el origen del color provenía de un marido no elegido. Su mamá, bisabuela de mi bisabuela, también viuda, originaria de España, había llegado a Morazán, El Salvador, sola con sus dos bonitas hijas, y en agradecimiento por la acogida del pueblo aborigen y campesino, se le ocurrió ideal entregar a su hija como pago. Extrañas costumbres del patriarcado que engendraron odio heredado en forma de malos tratos o abandono por algunas generaciones. Del por qué todos los maridos mueren, no me pregunten, esa parte del relato está inconclusa, pero me gusta fantasear sobre ellas.

La Niña Paquita era pues, muy querida por la gente, en especial por muchas mujeres que se dedicaron a la costura en su taller, que sola y con esfuerzo montaría en el centro de San Salvador, allá por Santanita. Tuvo dos maridos y enviudó del primero, por lo que se vio obligada a dar a su primera hija en manos de su pudiente vecina, quien se la devolvió 15 años más tarde, cuando nacía Clarita y Paquita ya había aprendido el oficio de sastre. Las muchachas del taller, también desamparadas, recibieron de ella siempre cariño, cama y comida. Mi abuelita cuenta que no cesaba de trabajar cuando habían encargos importantes, como vestidos de novias o la ropa de alguien fallecido. Sin importar la hora, ella mandaba a dormir a las ayudantes y se quedaba sola trabajando. Cuando era tanto el cansancio, descansaba en un sofá duro de madera. Mi mamá cree que padecía de dolores en el cuerpo, pues andaba regalando masajes sin que se los pidieran.


Es de conocimiento de todos sus allegados que un día cayó en cama la incansable Niña Paquita, y no pudo levantarse más. Desconocían el origen de su mal, pero ella sabía que era el momento de irse. Llamó a cada uno de sus familiares para despedirse, y pedirles que no la enterraran en un ataúd oscuro, porque sino, los iba a asustar (difícil petición para la época, pues no existían ataúdes color pastel). Pidió que su ataúd fuera color MELOCOTÓN. No otro. Mientras tanto, sus dos hijas, afligidas por la despedida, sumaban a su pesar, la imposible petición de su madre. Pero Francisca, que ya imaginaba lo difícil que sería encontrar un ataúd de ese color, les dijo que no se preocuparan, pues ella ya lo había encargado en una funeraria del centro de San Salvador, indicándoles el nombre del local. Atónitos, por el estado de salud de su madre y su incapacidad, pensaron que ésta deliraba. Finalmente, Francisca falleció. Todos sus seres queridos iniciaron la incansable búsqueda del ataúd melocotón, pero ninguna funeraria podía hacerlo y menos con urgencia.
Después del largo recorrido a pie, encontaron la funeraria que Paquita mencionaba, el mismo nombre. Entraron, preguntaron si podían elaborar un ataúd color melocotón. El dueño de la funeraria dijo que de hecho tenía uno elaborado por encargo personal de una señora mayor de bajita estatura, hacía un par de días antes y quien dijo que lo quería para ella misma, pues estaba por morir pero le temía a los colores oscuros. Estaba cubierto por una franela roja, detrás de una cortina, oculto del resto, en una habitación aparte. Dicen que estaba hecho a la medida.
El segundo en llegar a éste nicho es Aísa Díaz. Su nombre proviene del idioma árabe, y en un intento de traducción, le quedó Aísa, que viene siendo “Jesús” y “Díaz” que en realidad era Yuha. El padre de Aisa era Hanna Yuha e hizo cambiar su apellido, debido a la paranoia que traía cuando huyó de Belén, no sé por qué razón. Se dice que eligieron Díaz porque Yuha o Ich-ja (según la fonética de la región) significaba algo “luminoso.”

Amante de los animales, siempre recibió en su casa a cada chucho aguacatero. Callado, un poco amargado, no contaba nada de Vietnam, solo que el tatuaje borroso en su brazo tenía escrito su nombre por si aparecía desfigurado, para facilitar la identificación. También decía que su pierna era como la de Robocop, reconstruida con titanio por dentro, y gracias a que se le hizo polvo el hueso, lo sacaron de la milicia. Dejó el alcohol pero nunca el cigarro. Y como era necio, no quiso recibir la ayuda que Estados Unidos le ofrecía, quedándose en el micro-país, extinguiéndose lentamente con el humo, mirando películas de guerra y tomando café sin parar (la cafetería cerró pero se quedó con una de las cafeteras de dos litros al lado del sillón plegable).
Me gustaría visitar los cementerios y que hubiese por cada tumba la historia de los que allí yacen. Me sentaría horas con café, pan dulce, empiñadas y nuégados. Iría también con mi grupo de gente imaginaria, a leer en voz alta de vez en cuando cada biografía fúnebre.

Amante de los animales, Francisca protestaba por el asesinato de sus gallinas, y durante la hora de la sopa, exclamaba, sollozante entre llantos: “-Nada les había hecho la animalita... ¿qué necesidad…?”, decía, sentada en la cabecera del comedor, sin probar ni comer nada.



Aísa fue el primer esposo de mi abuelita Clarita. (Bonita combinación de Clarita Luz con "algo luminoso"). Aísa Falleció en 1954, 4 meses antes del nacimiento de mi madre, a la edad de 33 años. él había sido el mayor de los varones de Hanna, pero no el primogénito. Se le adelantó Lidia, y después aparecieron: Khalil, Niyme, Juan, Raoúl y Jalil.



Dicen que Aisa era sonámbulo, hablaba dormido y que sufría de pesadillas con el mismísimo diablo, pero él luchaba con todas sus fuerzas y lo lograba vencer, asfixiándolo; aunque por error a veces despertara estrangulando a mi abuela, quien siempre lo perdonaba con su amor incondicional. Era alto, guapo, elocuente, chistoso, de piel blanca y pelo negro duro y le gustaba tomar. Un día, el invencible Aísa le dijo a mi abuelita que volvería para el almuerzo. Ella dice que sintió que era la última vez que lo iba a ver, y lo dejó ir en su camioneta. El almuerzo no se preparó, pues un par de horas después, el mejor amigo de Aísa, (y quien está enterrado a la derecha de este nicho, “bajo la cruz de apellido Beltrán”)** le avisaba a mi abuelita que Aísa chocó contra un árbol, y que como él no sabía por qué estaba con la mirada fija y la boca abierta, le dijo “-vamos, culero, bajate, que no pasó nada” y lo jaló del brazo, sacándolo de la camioneta. Aisa se quedó parado, lo miró dos segundos, vomitó sangre y se desplomó. Entonces su amigo entendió que al parecer, el volante de la camioneta se le había incrustado en el abdómen y que al forzarlo, su machote amigo, murió por vaciamiento. Dicen que se quedó penando varios años y que su única hija a veces lo veía, aún sin haberlo conocido.






Y el tercero y último en ser recibido por este destruido nicho es Frederick Joseph Greaves, o mejor conocido entre mi familia como “Papito Fred”. Nació en Maine, al norte de Estados Unidos. Granjero, cultivaba la papa cuando niño, y en en su estadía por las calles de Miami, como alcohólico vagabundo y veterano de guerra, conoció a mi abuelita Clarita, quien estaba trabajando como mucama en un hotel de esa ciudad, asistiendo también a una mujer mayor abandonada con cáncer de útero. Mi abuelita tenía unos 10 años de haber enviudado, y como toda mujer correcta, pensó que no podía traicionar la memoria de su difunto esposo. Volvió a El Salvador, pero el Papito Fred, solitario, vencido por la depresión y los recuerdos de la guerra de Vietnam a la que tuvo que servir, sin quererlo, sintió que mi abuelita era su salvación, e insistió en encontrarse con ella y formalizar su relación. Es así como “el gringo” llegó a El Salvador, cuando mi mami tenía 16 años. Pusieron una cafetería en el centro, de esas largas y profundas, con mesas y cafeteras que pasaban dando vida todo el día, con rico pan dulce: viejitas, peperechas, quesadillas, budín, pan de afrecho, etc. Preparaban desayunos de frijolitos fritos y platanitos.

En su último día de vida, le pidió ayuda a la vecina de enfrente, quien muy amablemente le vendía sus cigarros, pero ella le dijo que no, porque estaba ocupada. Murió en su cama.

En este cementerio se recordará siempre el funeral del papito, por ser el primer y único gringo en un humilde nicho como este. Estados Unidos no se hace cargo por los veteranos que emigran, pero sí le prestaron una banderita en el funeral, para tapar la horrenda caja de pino en que lo enterramos y sacar fotos. Después, se la llevaron.



CEFALÓPODA

(Fragmento)(...)
Y nadie entiende la risa...
Lo rubio se puso a gritar
porque el ojo es peligroso
entra directo al nervio
rulo nervio asustado
rulo oscuro castaño
alto sabor de dos a cinco
la hora en que se toca
penetra y se perpetua
la boca que lo aprieta
y se despierta
no era
mastica y se babea
la colcha
y la melcocha
absurda era la regla:
"-¡¡¡¡¡shhhhhhhhh!!!!!!", “¡¡¡aaaaaaaaaaaaaghhh!!!”
se vuelve a marear deseabunda
convulsiva
con asfixia
intermitente
interrupción automedicada
movimiento lésbico heterosexual
no sé...
no lo sé explicar.

BÓVEDA DEL PASAJERO

Bola de plastilina,
masa seca que se alarga
visceral y mentolada
a base de punzón.

Experimentación tripofóbica.
Masa sorda destripada
una sola vez por esa boca
indolente
se degrada.

Hemiciclo intangible
séptimamente iluminado;
evidencia de un continuo llanto
enrojecido hacia el borde superior sangroso.

Se van a reir los niños
gozo y celebración.
El mito ha dicho que jamás sea señalado
para prolongar su espectro.

El cielo no sonríe:
allí, aún cierne sollozante
para ser juzgado a lo lejos
por su inversa sonrisa.

NENÚFAR

Arruyo de azules pétalos
que surge del agua dormida
la extensa raíz que se nutre
del fondo lunar o su vientre.

Quieta, la noche nuciferina*
lo ingiere y le mece la hoja
su flor parece perdida
quizás es anuncio silente.

La misma dosis lo aparta
y a la mañana siguiente
la hoja más grande del mundo
extiende la flor inmaculada.

Y verde, la nervadura
le impulsa la cara al sol
nostalgia de una palabra
"caricia lejana soy"

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* Nuciferina: Alcaloide del nenúfar que puede ser usado como analgésico, somnífero o veneno.